Ganadorxs del VIII Concurso Literario "Roberto Santoro"

 El viernes 1/12, en el acto de fin de curso se entregaron los premios del VIII Concurso Literario "Roberto Santoro" de la ET N°7. Este año el concurso fue especial, ya que por primera vez implementamos la modalidad presencial con consigna. Lxs participantes tuvieron que optar entre tres comienzos diferentes con sus respectivos finales, y escribir un cuento con ellos. Tras la deliberación del jurado, integrado por lxs profesorxs María Florencia Branda, Daniel Rubinetti, María Cristina López, Karen Torres, María Cristina Nupieri y Alejandro Blas, fueron premiadas las siguientes obras:      En la categoría "Fueguitos" (estudiantes de 1° a 3° año), el primer premio fue para " La nota entre la hija y la madre " escrito por Estrella Rojas, de 3°4° TM. La mención especial fue para  "No todo es rutinario” , el relato de Noemí Roldán, de 1°3° TT.     En categoría "Fuegos" (estudiantes de 4° a 6° año), el primer premio se lo llevó " El adiós ...

"Zapatitos rosas" por Lily

 “Zapatitos rosas” 

por Lily


Mi hermana y yo, perdimos a nuestros papás por un choque. Ellos pusieron sus cuerpos para salvarnos, ¿qué cruel es la vida, no? Pero bueno. 

Nosotros comenzamos a vivir en la casa de una tía. Ella parecía buena, pero ¿quién podría saber que era tan malvada y fría de corazón?. Cuando llegamos a su casa con los encargados de adopción, ella nos recibió cálidamente y pensé que sería un buen hogar para mi hermanita y yo.

Luego de dos días la actitud de mi tía cambió. Me dijo que tenía que trabajar por la comida mía y de mi hermana, que nada era gratis. Yo, sin pensar en otra cosa que en el bienestar de mi hermanita, que apenas tenía siete años, salí a trabajar de lustra zapatos, con tan solo ocho años. Traía un poco de plata, algunos días más plata, pero la tía siempre se enojaba y para que no pegue a mi hermana, le rogaba que me pegara a mí. Ella dejó a mi hermana y cada vez que se enojaba o salía algo mal ella solo se desquitaba con mi cuerpo. Cada noche tenía moretones o heridas, pero no dejaba que mi hermana lo vea, solo ahorraba centavitos para comprarle unos zapatitos rosas, esos de las tiendas, para que en el colegio los estrene y deje de estar triste por tener sus zapatos viejos. 

Un día, mientras volvía del trabajo vi como los niños de mi edad salían a jugar después del colegio. Sentí un hueco en mi corazón y como un nudo en mi garganta; yo también quería estudiar y jugar, pero primero era mi hermanita, no quería que mi tía le pegara. 

Cuando regresé a casa no vi a mi tía en la sala. Subí y vi como ella encontró la botella de mis centavitos que ahorraba. Ella se enojó, solo me quedo huir; pero eso no servía si dejaba a mi hermana allí sola, la iba a marcar con golpes como a mí, así que me quedé quieto y recibí los golpes y gritos de mi tía, reclamando por no darle la plata. Esa noche me quedé en el baño y mi hermana quería verme, pero le dije que fuera a dormir desde la puerta. Ella dijo: “Bueno”. No era que no la quería ver, era que no quería que me viese triste y con golpes en la cara, no quería que viera a su hermano mayor así. 

Después de esa noche tan fea, al día siguiente mientras iba a trabajar, entré a la iglesia a rezar por un poco de plata para los zapatitos de mi hermana. Ahí fue cuando vi al padrecito; era muy viejo y me preguntó qué hacía ahí y no en el colegio. Le dije que venía a trabajar acá en la plaza. Él me dio una caricia en la cabeza y me ofreció el desayuno, yo acepté: tenía hambre. Luego de estar con él, me preguntó por el moretón de mi brazo, le conté lo que pasó y me dijo que si necesitaba ayuda, que venga acá con él, pero le conté que no podía, ya que mi hermanita estaba también conmigo y él me ofreció su casa para vivir. “La iglesia es buen lugar para vivir”, pensé.  

Luego de eso me fui corriendo de ahí y fui a trabajar. Como había tardado desayunando perdí clientes, pero un señor bueno vino y me pagó con un billete grande, como no tenía cambio él me regaló el cambio. Le prometí que si venía de nuevo le iba a lustrar los zapatos gratis 100 veces. Ese billete lo guardé en mi media, y cuando terminé de trabajar le entregué el resto de plata a mi tía, ocultando el billete que me había ganado.

Se acercaba el cumpleaños de mi hermanita. El mío había pasado sin darme cuenta; no la pase como antes, con mi familia y una torta, esta vez la pasé lustrando zapatos hasta tarde. Estuve ahorrando mucho para los zapatitos de mi hermanita, pero por fin logré mi meta. Faltaban solo tres días para su cumple y ya compré los zapatitos rosas que le gustaban a mi hermanita. Los tuve que esconder en una cajita de canicas debajo de la cama donde dormía, mi tía no se dio cuenta. 

El día de su cumple termine rápido el trabajo, llegué a casa y mi tía me pidió la plata. Le entregue todo y me dejo entrar.  Entré y me arregle un poco, mi hermana estaba feliz en la pieza jugando con muñecas, yo sin pensarlo saque la caja de canicas y le entregue los zapatitos rosaditos, ella estaba tan feliz que lloró: ¡por fin iba a dejar sus zapatos viejos! Estaba tan feliz que su cara tenía dibujada una gran sonrisa, que me hizo llorar un poco. Ella se los probó y le quedaban lindos, corría por el cuarto feliz. 

Lo malo fue que mi tía nos vio y vio los zapatos y me agarró del pelo, yo la mordí y corrí con mi hermana y su muñeca, salimos de la pieza, encerrando a mi tía adentro. Sabía lo que iba a pasar, así que le metí las monedas a la mochila de mi hermana y le dije que fuera a la iglesia, que esperase ahí sentada. Ella me vio y dijo llorando: “No, hermano; vayamos juntos, no me dejes como mamá y papá”. Yo me limpié las lágrimas y le di un beso en la frente. Mientras, mi tía gritaba que me iba a matar, así que le acompañé a la puerta de la salida y le dije: “Cuando termine de hablar con la tía, voy a ir con vos, vas a ir al colegio con tus nuevos zapatitos, y te llevaré al colegio, te lo prometo”. Sin querer mentí a mi hermana, pero era la única manera de que se fuera. Ella me creyó y se fue corriendo con su muñeca y sus zapatos puestos, empecé a llorar apenas no la vi. 

Mi tía ya había roto la puerta e iba a ir detrás de mi hermana, pero la detuve con mi cuerpo, me golpeó sin parar hasta que dejé de respirar y dejó de latir mi corazón. Mi mente solo pensaba en mi hermana, que ahora podrá tener un hogar con el padrecito que me ofreció un hogar. Estaba feliz de saber que mi hermana no iba a pasar por esto, así que deje de vivir, deje de pensar, por fin podía dejar de sentir dolor. 


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