"Retornos" por Candela Paz
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“Retornos”
por Candela Paz
El fenómeno se producía en general cuando nos acercábamos al parque, al más grande del barrio de la infancia.
Lo que al principio parecía una casualidad, decidí experimentarlo con algunas personas y reducir la fantasía a una realidad concreta. El parque en sí conservaba las dimensiones de lo que fue el viejo matadero, rodeado de fango y caminos de tierra; pero hoy se emplaza casi en el centro del barrio, dándole el nombre homónimo.
Nos encontramos con Cecilia después de varias décadas ejerciendo nuestra profesión, ya adultas, con cosas que contar, como por ejemplo, cómo se conformaban nuestras familias y otras más triviales, acerca de la vida y obra de quienes nos habían acompañado en los años del primario.
Como ella sí tenía relación con varios ex compañeros, me propuso que para la próxima reunión me avisaría para recordar juntos antiguas anécdotas. La reunión se concretó a los pocos meses. Salvo a Cecilia, reconocer a los demás no fue sencillo, a esta altura de la vida no es fácil asociar rasgos infantiles en persona adultas.
Alguien convocó el encuentro a pocas cuadras del parque, caminar hasta allí y tomar algo en la nueva confitería construida para albergar a los empleados de los recientes emprendimientos tecnológicos.
El camino se haría corto, había tanto de qué hablar. Árboles añosos acompañaban nuestro recorrido en las veredas, los mismos que en algún tiempo habían dado frambuesas.
Nos íbamos acercando. Cecilia explicó con entusiasmo que pronto se casaría. Contaba extasiada su ansiedad por recibirse en el Magisterio para comenzar a trabajar.
Las cabinas coloridas de teléfonos parecían reemplazar ahora a los viejos árboles. Faltaba poco para llegar, y la alegría del reencuentro era tal, que comenzábamos a reconocernos; los recuerdos habían conseguido prácticamente que el tiempo no pasara.
Un compañero sugirió que no olvidemos comprar los chocolates para los soldados del sur, que la maestra los pidió en ocasión de la jura de la bandera la semana próxima, por lo que decidimos comprarlos en el kiosco de la esquina del parque.
Finalmente llegamos. Nos sentamos en círculos y cada uno abrió su mochila y sacó su almuerzo; comimos y jugamos con cuidado de no mancharnos nuestros guardapolvos blancos. En un rato nos pasaría a buscar el micro de escolares. Teníamos aún que hacer la tarea para mañana.
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